viernes, 17 de agosto de 2012

El uso de la palabrota o taco


Cuando se utilizan tacos, palabrotas o palabras malsonantes de forma constante e indiscriminada se empobrece el habla: su uso continuo le hace perder fuerza y cuando verdaderamente hace falta una palabra gruesa, ésta apenas tiene impacto.
El uso constante de tacos los vacía de contenido y rebaja su intensidad; se desgastan; el taco es necesario como recurso para lograr el mayor énfasis; utilizado así, enriquece el lenguaje; abusar, lo empobrece y nos indica una lengua vulgar.
Utilizado en el momento oportuno, el taco introduce un matiz de brusquedad,  incluso un efecto sorpresa: si el taco es pronunciado por alguien que nunca ha soltado ninguno, el efecto es muy distinto al taco de aquel que en 250 páginas ha proferido un par de ellos en cada página: en este caso el énfasis  se ha perdido, lo mismo que el efecto por contraste, un recurso para lograr extrañeza.

domingo, 4 de marzo de 2012

Me rindo, he fracasado...

He fracasado como escritor... ¿o quien ha fracasado ha sido mi editor, que no ha sabido promocionarme? Puedo escribir el mejor libro, pero como nadie me conoce, no consigo que se vendan más que unos pocos cientos de ejemplares, y eso con mucho esfuerzo entre familiares, amigos y conocidos.

Todo mi esfuerzo se ha ido al garete. De nada me sirve que mis amigos y conocidos me hayan dicho que mi libro les ha encantado, que no han leído una novela tan entretenida en mucho tiempo; de nada me ha servido que mi profesor de literatura me haya felicitado por lo bien escrito que está mi libro, con una técnica, un estilo y una corrección que para sí quisieran esos que venden libros por millones (son sus palabras); de nada me han servido los comentarios de mi amiga Sandra en su blog, que alucinaba ante una obra “tan buena y tan entretenida” con “una lectura que cuando empiezas ya lo la puedes dejar”...

Todo se ha perdido: “El manuscrito de Homero” es un fracaso comercial. A veces dudo si en realidad mi libro es tan bueno como dicen mis amistades, y me pregunto cuántos “Manuscritos de Homero” fracasan a diario mientras los lectores leen a los escritores de renombre, ignorando joyas de autores desconocidos que hubieran merecido mejor suerte, que hubieran alcanzado el rango de “superventas” de haber estado firmadas por algún periodista famoso, algún astro del balón o por algún otro famosillo sin cultura que se mete a “junta-letras” o “destroza-diccionarios” y que vende “a mogollón” sólo porque su nombre ya es conocido.

Me rindo.

La gente seguirá leyendo a los de siempre, seguirá votando a los de siempre y comiendo lo de siempre. La gente no tiene imaginación.

Menos mal que no se me ocurrió ni por un momento imaginar qué mi libro se hubiera vendido como pan caliente; que nunca me dio por pensar que mi “Manuscrito de Homero” me haría rico y que me permitiría darme el lujazo de auto-despedirme de mi trabajo cantándole cuatro verdades a algún compañero/a impertinente; menos mal que no me hice ilusiones y no me vi a mí mismo viajando por todo el mundo promocionando mi obra y ofreciendo entrevistas a periódicos y televisiones y alojándome en hoteles de lujo, o apareciendo en las páginas a todo color de los dominicales, con mi foto de escritor famoso en actitud desenfadada, pronunciando esas frases ingeniosas con las que uno queda bien con todo el mundo...

Por suerte no pensé nunca en ganar dinero a espuertas y comprarme una mansión campestre donde el silencio y el recogimiento me permitirían seguir escribiendo más superventas, esperados de forma ávida por mi editor...

Sigo siendo un minúsculo pececillo en un mar demasiado transitado. Seguiré escribiendo en la estrecha habitación del piso de mis padres, no por alcanzar la gloria y el reconocimiento, sino porque me lo paso en grande inventando misterios e ideando personajes que “perderán el último tren y afrontarán emocionantes aventuras con “sus manos desnudas frente al peligro”.

sábado, 29 de octubre de 2011

La mejor novela sobre la Guerra Civil

De acuerdo, hace un montón de tiempo que no actualizo mi blog. Lo que pasa que me da cierto apuro saturar de palabras el mundo. Hoy todo el mundo escribe, bien, mal, como sea; parece que tenemos cada vez más necesidad de manchar papeles o pantallas de ordenador con nuestros pensamientos, que quizá no importen tanto.

No he escrito nada en mi blog, pero he leído. Me gustaría recomendar una trilogía magistral: "Los cipreses creen en Dios", "Un millón de muertos" y "Ha estallado la paz", de José María Gironella. Si os gusta la verdadera novela histórica, es decir, novela escrita por testigos de los hechos que se relatan, esta trilogía no os van a defraudar, os lo aseguro.

El primer volumen, "Los cipreses creen en Dios", narra los años de la Segunda República, de cómo los ánimos se van caldeando hasta el estallido de la Guerra Civil, que es objeto íntegro del segundo de los libros, "Un millón de muertos". En el tercer libro, que no pierde en absoluto intensidad narrativa, los protagonistas viven los acontecimientos que siguieron a la contienda.

El tapiz cronológico de los hechos se recrea desde el punto de vista de sus protagonistas, habitantes de la ciudad de Gerona. Son los mismos desde la primera novela, ciudadanos normales, como cualquiera de nosotros, que ven cómo el suelo se abre bajo sus pies y caen en la peor espiral de violencia que nunca hubieran imaginado. Gente normal que de pronto se encuentra en circunstancias excepcionales. Aflorará entonces lo mejor y lo peor que se esconde en el interior del ser humano: los actos más viles, los crímenes más absurdos y abyectos, pero también las más heróicas hazañas y los sacrificios más increíbles.

Estos libros son una delicia: la forma más didáctica de aprender historia, de conocer nuestro pasado, de entretenerse y de disfrutar con el estilo pulcro y sencillo de un escritor del que tenemos mucho que aprender los escritores contemporáneos. Historias sobre la guerra civil se han escrito muchas, pero como la de Gironella, no lo creo.

domingo, 17 de abril de 2011

"Las cenizas de Ángela": ¿sólo una gran novela?

Una buena novela es aquella que enseña algo sobre el ser humano. "Las cenizas de Ángela" es un libro de los que dejan huella porque nos mete de lleno en la vida de unos seres humanos llenos de miserias y también de grandeza. Es la historia real, la que no está en los libros de historia; y esa historia real, la de las personas de carne y hueso, sólo la encontramos en la literatura; es la historia escrita por los que padecieron los avatares de la historia.

Leer grandes novelas como la que nos ofrece Frank McCourt nos conecta de lleno con eso que llamamos "humanidad" y nos enseña que la literatura cumple una función imprescindible: que seamos un poco más "civilizados".

Leer no es sólo pasar el rato; es ante todo enchufarnos a la vida de nuestros congéneres, aquellos que pasaron antes por el camino. Novelas como la aludida nos recuerdan de dónde venimos y son un eficaz antídoto contra una de las peores enfermedades que nos aquejan en nuestro siglo: la vanidad.

miércoles, 12 de enero de 2011

¡Que los señores académicos se jubilen ya!

Cuando ya pensaba que al menos quedaba una institución con gente de categoría, llega la Real Academia de la Lengua y patina como creo que nunca había patinado.

Por su culpa ahora no podré utilizar algunas frases en mis escritos, por ejemplo: “Solo tengo miedo”; “solo estoy triste”. A partir de ahora, para que se entienda lo que quiero decir, tendré que escribir más palabras: “cuando me quedo solo, tengo miedo”, o “cuando estoy solo estoy triste”. Adiós a la concisión, adiós a la precisión y al buen sentido que hasta ahora había tenido nuestro idioma.

¿Que la palabra “guión” a partir de ahora no llevará tilde? ¿No quedamos en que las palabras agudas acabadas en vocal, en “n” o en “s” llevan tilde? Tenemos unas buenas reglas de acentuación; ¿para qué inventar excepciones?

Pues me opongo. Yo pondré siempre tilde en “sólo” cuando equivalga a solamente; y en la palabra “guión” también.

Mejor sería que los sres. académicos se dedicaran a corregir las mil y una aberraciones que se oyen y se leen a diario en todas partes, fruto de un sistema educativo cada vez peor. Si nuestro añorado Fernando Lázaro Carreter levantara la cabeza...

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Los consejos que nadie me dio (VIII). El párrafo y la lectura rápida

Hoy sólo un consejo, breve, pero de máxima importancia.

Al escribir, no podemos situar los puntos y aparte cuando nos parece que quedan bien. El párrafo no tiene un fin estético, sino práctico. No es una pausa aleatoria, sino que cumple una función muy importante: sirve para ordenar las ideas dentro de la unidad mayor que es el escrito (un ensayo, una novela o una redacción escolar).

¿Y porque es bueno que las ideas estén bien ordenadas? Pues para facilitar la lectura rápida, algo muy importante en una época con tanta oferta de literatura.

La clave está en colocar la idea o asunto principal en las primeras frases de cada párrafo, seguida por las ideas que la complementan o la matizan. Un texto con las ideas bien estructuradas, puede leerse de forma mucho más rápida que un texto farragoso o de estructura caótica.

Es posible seguir el argumento de una novela o la tesis de un ensayo leyendo tan sólo las primeras frases de cada párrafo. Para ello es necesario que el autor haya plasmado en esas primeras frases los hechos o datos más destacados. El resto del contenido de cada párrafo lo constituyen cuestiones secundarias, como descripciones o matices, que se nos ofrecen como un segundo nivel de lectura. Es algo semejante a la estructura de una noticia: lo más destacado se ofrece en los titulares, y a continuación, en el texto, se desgranan los detalles, ordenados de mayor a menor importancia.

jueves, 23 de septiembre de 2010

CONSEJOS QUE NADIE ME DIO (VII) Reflexiones sobre el tiempo y la escritura

Una de las cosas más importantes que me ha enseñado el escribir una novela ha sido a apreciar la verdadera medida del tiempo.

El tiempo, como sabemos, es un concepto muy relativo. De pequeños, parece que cada día dura una eternidad y ya no digamos los años. Sin embargo, según nos hacemos mayores, el tiempo empieza a acelerarse y tenemos la sensación de que no nos da tiempo a hacer nada. Si de niños no teníamos ninguna obligación, ni un reloj que mirar, ni un plazo que cumplir, de mayores las obligaciones nos agobian y cuando nos queremos dar cuenta no tenemos tiempo para lo más importante: nuestras aficiones.

Cuando me planteé escribir una novela, medía el tiempo en semanas: mi objetivo era terminar cada una de las fases en unas cuantas semanas, y así, en unos pocos meses, tres o cuatro cuando mucho, tener completado mi libro.

Con esa premisa y creyéndome todo un novelista, comencé entusiasmado a escribir mi primera novela, a construir mi historia, a buscar la ambientación, a modelar a los personajes… Hay quien dice que empezar una tarea es la mitad del trabajo, y tiene razón: una vez en marcha yo era como un tren a toda máquina: ya no pude parar hasta el final.

Eso sí; no acabé unos meses después; tuvieron que transcurrir años: cada vez que daba un paso, tenía que retroceder otro para aprender y así ponerme al nivel de la tarea que pretendía realizar. Al principio creía que escribir una novela no tenía que ser muy difícil, y por eso me puse a escribir alegremente. Pero a medida que avanzaba (o que intentaba avanzar) me fui desengañando según me iba dando cuenta de que no tenía ni idea de lo que era enfrentar un reto de estas características.

Para escribir una novela como “El manuscrito de Homero” necesité aprender casi todo del oficio de escritor, y lo hice sobre la marcha, con la técnica de la prueba y el error.

Necesité leer varias biografías de escritores en las que buscaba sobre todo referencias al tiempo que les llevaba escribir sus obras, y encontré de todo: unos eran muy rápidos, en cuestión de meses terminaban una novela; otros mucho más lentos y reflexivos, que necesitaban años para dar por concluida cada una de sus obras.

Unas de las lecciones que aprendí es que las cosas no se hacen de la noche a la mañana. Cada capítulo es el resultado de muchas jornadas de trabajo, de muchas lecturas, borradores, correcciones, pequeños triunfos y también frustraciones… una batalla contra uno mismo y contra la pereza.

Es triste pero a veces escribir, por lo menos para mí, es entablar una batalla contra la pereza. Escribir, aunque sea un blog, exige una disciplina que no siempre tengo, lo siento, de ahí que a veces pasen muchas semanas sin publicar una nueva entrada.

Después de terminar “El manuscrito…” me está costando encontrar un desafío que me entusiasme, que me lleve a sentir esa energía y motivación que me impulsaron a terminar esa novela. Quizá me desmotiva la sensación de tener que volver a empezar, de tener que volver a recorrer un camino que ha sido largo y tortuoso, en el que los meses se convirtieron en años. Aunque, por otra parte, ahora sé que muchos de los errores cometidos no voy a volver a cometerlos; ya no parto de cero.